El Síndrome de Bridget Jones

Para ellas.
Hace un par de noches, en casa de unas amigas, después de unos cuántos vasos de vino blanco, un par de tarrinas extra grandes de helado de chocolate y alguna película de niñas, nos pusimos a hablar de nuestro eterno tema preferido: Los hombres.
Hombres, hombres, hombres… ¿Sería más fácil para nosotras el mundo si no existiesen?, ¿Merecería la pena soportar el tedio y el aburrimiento sin ellos por una vida con menos quebraderos de cabeza?
Puede ser que muchas prefieran la vida tranquila, sin altibajos y sin decepciones. Puede ser. Pero la verdad, llamadme masoquista, es que la emoción de cualquier amor o desamor, yo, personalmente, no la cambiaría por nada. Y confieso que no me estoy refiriendo sólo a la parte feliz. En todo lío amoroso hay un poco de sol y un poco de mal tiempo, pero, en realidad, la lluvia no está tan mal. En ocasiones viene bien mojarse un poco. Sin paraguas, como Gene Kelly.
Hay mujeres que, sin aparente explicación lógica, tienen a lo largo de prácticamente toda su vida mucha suerte en esto del amor. Y luego estamos todas las demás. Bajitas, altas, delgadas o rollizas, guapas o feas. Simpáticas, antipáticas, abiertas o tímidas, inteligentes y tontas, complicadas o sencillas. Todas esperan ver aparecer a su príncipe azul después de toparse con unas cuántas ranas (Y TELITA con algunos de esos bichos verdes). A veces, luego de más o menos “Este es el definitivo”, “Niñas, QUE ME CASO”, aparece en nuestras cabezas el germen de la resignación. Y es entonces cuando tratamos de auto convencernos de que, al fin y al cabo, ¡Oye! los gatos y las muñecas no son tan mala idea.
Yo lo llamo el síndrome de Bridget Jones. Poco a poco los helados y kilos de más dan pie a la adicción a las películas románticas y las canciones de desesperanza con un par de

copas encima.

Y los bailes, y el chocolate, y los cigarrillos, y los acosos por las diferentes redes sociales (Que ya NO se pueden hacer tranquilamente. GRACIAS, inventores de los “Quién me visita”). Y más helado, y más kilos. Y más copas. Y más cigarrillos. Y más canciones. Como una noria. Giras y giras (literalmente) entre una nube de grasas y melodías románticas. Y sólo comprendes el nivel alcanzado cuando llega el momento en que pactas con algún amigo un matrimonio concertado si a cierta edad ninguno de los dos estáis comprometidos.
YA.
Basta.
STOP.
No es que hayamos pasado la raya, es que la raya es un punto que hace mucho que ni vemos.
Miras por la ventana y ya ha llegado otra vez el otoño. Los cielos parcialmente despejados, las pequeñas lloviznas relajantes, la gente con grandes abrigos, las gabardinas y las botas. Y qué bonito es Madrid. Y qué bien huele a aire limpio y a lluvia. Y lo preciosa que está la piedra de los edificios del centro con el tenue bronce que viste al sol en esta estación. Qué sensación tan genial la de pasear por la ciudad pisando hojas secas y merendando galletas como dice Guille Milkyway.
Y lo bien que sienta un buen café de mediodía por sus calles. Que vale, ya sabemos, que si fuera compartido con cierto caballero sería más apetecible todavía (Y además, saldría más barato). Y pasear cogidos de la mano, o colgadas en su brazo… Íbamos por la mitad de la tercera tarrina de chocolate y, de pronto, se me ocurrió una idea abrumadora, casi aplastante. Y es que puede ser que haya mujeres que no necesiten un brazo para apoyarse. Ni un príncipe azul que les salve. Quizá hay quienes no requieran a alguien que se sienta indigno de acompañarlas por lo “perfectas” que son o se canse de repetirles que siempre se había considerado insuficiente a su lado. Puede ser que haya una clase de mujeres que lo que necesiten sea un hombre consciente de la altura a la que están (porque TODAS están alto) pero aún más consciente de que él también se encuentra a la misma altura. Y tú y yo contra el mundo. Como Bonnie y Clyde.
Lo malo es que los Clydes no abundan precisamente. Son más numerosos los príncipes azules que buscan salvar a su damisela. Pero, oye, nadie ha dicho que sea imposible. Un día cualquiera, simplemente, llegará un guapo con gabardina que te proponga robar un banco. Y entonces, lo habrás encontrado.
Hasta que ese día llegue, cuando los sapos bailen flamenco, habrá que seguir con el café sin compartir y las entradas de cine con las amigas. Y vaya, ¿Quién ha dicho que una cosa sea menos que la otra? Las calles siguen igual, la gente sigue igual, tú sigues igual y la vida sigue igual. El otro día no sé dónde leí que es gracioso pensar en la cantidad de personas que están enamoradas en secreto de otras. Y las segundas quizá nunca lo sepan. Como Gunther de Rachel. Todos hemos tenido alguna vez un amor secreto que nunca llegamos a confesar. Y nunca confesaremos. Y, seguramente, también hay alguien por ahí enamorado hasta la médula de nosotras, ¿Por qué no? Que no te engañen. Cada mujer es insultantemente perfecta en sus imperfecciones. Porque te estoy hablando a ti. ¿Me hablas a mí?, ¿Me hablas a mí? Dime, ¿Es a mí? Porque aquí no hay nadie más que yo. Ni de Niro en Taxi Driver podría discutírmelo.
Y puede haber días mejores y peores. Y días rosas. Y negros. Y, Dios no lo quiera, días rojos. Pero en todos ellos cada cual sigue siendo igual de perfecta. Y alguien se enamorará perdidamente de esa perfección llegado el momento. Un diez. DIEZ. Cada diez a su manera pero diez igualmente. Y es que con el valor de las personas nunca está de más ser algo comunista, porque hay veces en las que, como Tom Cruise en Risky Business, hay que saber cuándo es el momento de decir, pero ¡¿Qué coño?!

4 comentarios en “El Síndrome de Bridget Jones

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