uno

Era noche cerrada. El sonido del motor de un BMV gastado por los años vibraba esperando bajo la ventana de Magdalene. Acababa de llegar a su casa hacía apenas media hora. Ya estaba aquí. No podía esperar a contarle todo a Isabella. Era curioso, esto de la vida. Meses o años sin un momento memorable, sin nada que merezca contarse. Y, de pronto, unos días en los que se concentraba tanto que parecía imposible de relatar por muchas horas que se emplearan en ello. Quince. Quince días habían sido esta vez. Los mejores de su vida. Quince. Uno menos de los años que tenía. Quince era azul. Azul celeste, como el cielo que esta mañana cubría Le Village des mèmories. Cada número tenía un color. Siempre lo había pensado así. Uno era negro, dos amarillo, tres rojo, pero rojo sin ser oscuro, cuatro era verde, cinco azul como quince, seis rosa, siete… Siete era rojo oscuro. Igual que Auguste. Los nombres también tenían colores. Auguste era rojo oscuro, como siete. Como Jacobo. También Maximilien. Y Alexandre. Y Amélie. No conocía a ninguna Amelie. Sí a Isabella. Isabella también era rojo. Pero era otro rojo, como el de tres. Magdalène era rojo también. Le gustaba Magdalène. Le gustaba su nombre. Era bonito. Sonaba a pasteles esponjosos cubiertos con buttercream. Qué rica estaba la buttercream. En Francia no tenían mucha de esa, la traían de Estados Unidos. A Magdalène le encantaba la buttercream. Cogió la mochila que tenía colgada en la percha, detrás de la puerta. Seguía llevando la sudadera que se había puesto al subir al avión. En los aviones el aire acondicionado estaba siempre muy fuerte.

“Me voy, mamá, ya está aquí Thèrese”

Thèrese le caía bien. Era simpática. Esa noche dormirían en su casa. Isabella y ella. No podía esperar a contarle todo a Isabella. Había tanto que contar.

“Pásalo bien, acuérdate de cenar cuando llegues”

A Magdalène antes no se le olvidaba cenar. Le gustaba mucho la comida. No era como las demás niñas de su edad. La moda había hecho mucho daño. Tantas dietas y preocupaciones inculcadas en sus cabezas para conseguir y mantener el cuerpo perfecto. Nunca lo entendería. Dejar de comer para parecerse a las modelos. ¡Qué tontería! Pero ahora eso había cambiado. A veces se le olvidaba cenar. O desayunar. O comer. Y no era porque pensara en seguir el ejemplo de las demás. Era porque estaba nerviosa. Ya le pasó, hace unos años. Eso es lo que tenía de malo, suponía. Enamorarse. Pero, ¿Estaría enamorada? Qué raro era esto del amor. Era pequeña. ¿Sería muy pequeña para haberse enamorado? A lo mejor no era enamorarse. A lo mejor no estaba enamorada. Para enamorarte tienes que conocer bien aquello de lo que te enamoras. O eso había leído alguna vez. Pero no, no lo creía. No le conocía. No le conocía y estaba enamorada. O sí le conocía. ¿Cuánto tiempo tenías que pasar con alguien para conocerle? Ella sentía que le conocía de toda la vida. Y que sabía mucho más de él que cualquier otra persona. Aunque hubiera sido poco más de una semana. Era quince. Día quince de agosto. Habían pasado dos días desde la última vez que le había visto. Dos era amarillo. No le gustaba el dos. ¿Volvería a verle pronto? Quién podía saberlo… Eso le había dicho él. “A lo mejor no me vuelves a ver”. Se lo había dicho el día del concierto. Pero sí le había vuelto a ver. Dos veces más. La última hacía dos días.

Bajó corriendo las escaleras. No le apetecía coger el ascensor. Estaba llena de energía. Podía haber salido corriendo. Y seguro que habría llegado lejos. Quizá hasta el sitio donde él vivía. Y entonces podría encontrárselo saliendo de casa. O yendo a comprar algo. O con una chica. Con una chica que no era ella. Sacudió la cabeza. Qué raro era esto del amor. Al salir por el portal saludó al portero con un movimiento de la cabeza. Thérese hizo sonar el claxon del coche. Qué simpática Thérese. Había ido a recogerla.

“¡Qué guapa, Magda!, ¡Qué morena estás!, ¿Qué tal te lo has pasado? Isabella está ya en casa, la ha traído su madre. Te está esperando”

“¡Bien! No sabes Thèrese, no sabes… Ha sido el mejor verano de mi vida.”

“Y todavía no ha acabado. Todavía falta lo mejor”

Magdalene sonrió. Entendía que Thèrese dijera eso. Lo entendía. Pero era imposible. Dudaba de que algo llegara a ser mejor algún día que los quince días que acababa de pasar. Una sombra cruzó su mente. ¿Sería  la felicidad algo parecido a esto?

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