El del primer amor

Qué inocentes somos cuando somos inocentes. Y qué poco cuando no. Y por qué tendrá que morir la inocencia. Si se supiera con certeza la causa de su homicidio no cabría si no castigar con terribles tormentos al culpable.

Ah, la inocencia, qué cosa tan bonita.

Y ojalá recuperarla después de perdida.

Tristes y sentidas las condolencias que siguen su destierro.

Feliz aquel amor que, cuando inocente, no puede más que calar,

como la miel cala las estrellas de hojaldre.

Qué dulce tan maravilloso.

Tan ingenuo,

tan sencillo,

tan puro.

Estaba enamorada de una persona,

una bonita persona.

Pero se fue, inocencia en mano.

Y no volverá más.

Y tampoco yo.

¡Qué años más deliciosos! Él alto, hombros anchos y porte principesco, facciones rudas y toscas, poco atractivo, nada estético, nada Apolo. Yo poca cosa; demasiado menuda, facciones afiladas, pelo lacio y sin gracia, ojos pequeños,… Algo así como la Marianela de Galdós.

Pero estábamos enamorados. Y nunca lo dijimos. Aunque siempre lo supimos. Y me enseñó a fumar, en los albores de una adolescencia cruda. Y me enseñó a tocar la guitarra. Y me enseñó muchas cosas. Y un día, llamó a mi puerta.

 

  Mecano, El Primer Amor (maqueta inédita)

 

“He aprendido una nueva canción”

Me dijo, sin mirarme mucho, ruborizándose. Por entonces yo era un poco tímida. O al menos lo era con él. Muchas veces no hablábamos. Todos los días me llamaba. Y paseábamos, y nos sentábamos, y tocábamos la guitarra y fumábamos. Y a veces, hablábamos. Pero otras nos limitábamos a compartir el silencio. Bendito silencio. Tan precioso, tan perfecto, tan ideal.

“¿Sí?, ¿la conozco?”

“Seguro que sí”

Me apoyé en la pared contra la que me sentaba y levanté la mirada hacia él. El carraspeó, y colocó la guitarra. Se pasó la mano por el pelo. Una minúscula gota de sudor murió en sus dedos. Tenía unas manos preciosas, muy cuadradas, muy grandes. Y que nunca temblaban. Comenzó a raspar las cuerdas, y entonces levantó la vista y me miró directamente a los ojos. Y arrancó las notas, una a una, lentamente, de la canción. You are beautiful, de James Blunt. Y no apartó su mirada de mis ojos. Y no aparté mis ojos de los suyos. Y mil rayos me atravesaron el pecho.

Terminó la canción, y terminó el momento. Y carraspeamos los dos y nos pusimos a hablar de otra cosa, de cualquier tontería. Y parecía que después de terminar el momento nunca hubiera ocurrido. Pero sí lo había hecho. Y quedaría eternamente grabado en el aire, y en nuestras mentes, resonando con las últimas palabras de la canción en forma de eco.

But is time to face the truth, I will never be with you

Y así fue cómo la sudadera verde se llevó mi inocencia.

Y, por si alguno de ustedes se lo pregunta, fue después Cuando la sudadera verde me robó el hambre

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s