El de la perspectiva

Hemingway decía que cada vez que se enfrentaba a una hoja en blanco sin encontrar inspiración, hacía una sola cosa: Escribir una verdad. Y a partir de ahí, seguía.

Pues bien, yo hoy he decidido escribir una verdad:

Hay tópicos típicos.

O típicos tópicos. O tópicos que usamos, típicamente. Y la redundancia me ha valido ya del todo.

Los tópicos típicos son como las frases hechas. O los temas fáciles. Esos que utilizamos para cortar un silencio, para romper el hielo. ¿Típico tópico de escena de ascensor? El tiempo. Qué manido. “Pues está volviendo a refrescar”. Pues ya lo sabemos todos.

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Y ay, quién contestara a Mia Wallace. Como ese, está el del paso. El paso del tiempo, digo. Muchos tópicos típicos sobre tiempo, aunque difieran en acepción. Sospechoso cuanto menos. ¿Será el tiempo como el vino barato de las cenas imprevistas?

En cualquier caso y como iba diciendo, encontrarte con alguien a quien no has visto desde hace ya y ese cómo pasa el tiempo y parece que fue ayer y todo lo que ha llovido y cada vez más rápido y en fin, el paso.

Pero es que el paso, pasa. Digo pasa porque es. De verdad. Que pasa.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, he estado pensando que no pasa desde siempre. Creo, más bien, que el tiempo se pone serio y firme y coge un silbato y empieza a cumplir y a pasar el día en que nos enteramos de que los reyes son los padres.

Los padres. Los reyes. Los reyes son los padres. Ah, perdón, ¿alguno de ustedes no lo sabía? De ser yo, denunciaría entonces este blog sin dilación.

La persona que te cuenta que los reyes son los padres es una especie de pájaro de mal agüero, como el cuervo que sobrevolaba las cosechas campesinas y presagiaba una mala estación. Un mensajero de la mala suerte. Un poco como esos que daban un mal parte a reyes demasiado orgullosos. Como con los germanos en Gladiator. En el plan de “han dicho que no”, porque eso de cortarle la cabeza al mensajero no es muy de hacer las paces. Pues eso, que me corten la cabeza, ya lo siento.

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Como venía diciendo, cuando los reyes eran los reyes y los padres eran los padres y las cosas estaban en su debido sitio, entonces, todavía existía la magia. Pero luego los reyes dejaron de ser reyes y los padres de ser solo padres y todo se vino patas arriba.

A veces es difícil acordarse de cómo era el cuento cuando los reyes eran reyes. El mundo brillaba, las cosas brillaban, todo tenía un dorado halo de posibilidades. Nada era imposible, nada era insuficiente. Todo molaba más.

Y la música molaba más. Y no es que ahora no mole, pero es que cuando los reyes eran reyes… Bueno, era otra cosa.

No sé si alguno de ustedes recordará el clásico disco recopilación de los 2000. El de los viajes largos de coche cuando todavía no había dvd´s portátiles ni niños con móviles (ah ya, es que antes los niños, no tenían móviles).

El increíble, inigualable.

El de los verdaderos exitazos del verano.

Ese mismo: Caribe Mix.

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Y bueno. Solamente encuentro carátulas de CD´s. Pero en mi coche, señores, teníamos estas joyas en cintas. Lector de CD´s tenían solamente los coches muy guays (o los que eran más guays que el nuestro)

En fin, imagino que ustedes sabrán de qué época les hablo. Les hablo de la época de Laura Pausini, del cuchillo Jjjamonero de Estopa, del café de Bosé, del paso firme y elegante y la mirada interesante y el sueño su boca de Raúl, de la raja de su falda, la época donde no había nada nuevo bajo el sol, ni ninguna novedad (que los hijos, hijos son, igual llegan que se van), del pa´tí no estoy de Rosana, del tiempo que no era perdido de Manolo, pero sobre todo… Era la época de ESTA canción. Y eh, escúchenme bien, (y escúchenla rápido antes de que la borre) porque negaré haberla nombrado.

Y cuanto más acelero, más calentito me pongo. Genio, Javier, genio. Segunda vez que les pido disculpas, den por hecho que estarán una semana acordándose de mi familia con el soniquete en la cabeza. Ya lo siento. De nuevo.

De todas las canciones que se escuchaban en mi coche, había dos que eran nuestras preferidas (nuestras; de mi hermano, de mi hermana, de mi otro hermano y mías).

La primera era la canción del Bacalao. Era una canción que basicamente se dedicaba a repetir “BACALAO” durante los 3 minutos y 13 segundos que duraba.

Unos años más tarde, cuando los reyes dejaron de ser reyes y los padres dejaron de ser solo padres, descubrimos que no decían BACALAO en ningún momento de la canción.

Lo que decían era AL CARAJO.

Pero nosotros éramos muy felices gritando BACALAO a grito pelado como locos con las ventanillas abiertas. Ah sí, han escuchado bien, ventanillas abiertas y música al máximo. Siempre hemos sido algo macarras. Como dice mi madre: “No hay parto sin dolor ni hortera sin transistor”. Y tan contentos. Y a quien no le guste: Bacalao, bacalao, que se vaya al bacalao.

La segunda canción era una obra de arte. Una joya. Un diamante en bruto. Como era en un dialecto africano la cantábamos dando golpes en los asientos del coche (y bueno, imagino que esa fue la causa de que uno de ellos se rompiera) utilizándolos como tambores tribales. Empezaba con un grito de la selva así como parecido al “Awiiiiiiiiii” de El Rey León que sonaba así como “Yin ga weeee, yin ga weeee”. Y seguía con algo como el “abim ba bwe, abim ba bwe”.

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Y a partir de ahí, entraba el dialecto africano que parecía formar sílabas inconexas sin demasiado significado.

A día de hoy, aún me pregunto, si mis padres realmente sabían lo que esa canción significaba.

Porque, adivinen: Años más tarde descubrimos que no era ningún dialecto africano.

Era un idioma mucho más conocido.

Era español.

Muy español y mucho español.

Y el “Yin ga we” que nosotros cantábamos a grito pelado por las ventanillas era un “Chingaré”.

¿Y el resto de sílabas inconexas? Bueno, pues, señores, les diré que la primera estrofa, que nosotros, con seis y cinco y cuatro y tres años, cantábamos tan contentos aporreando nuestros asientos/ tambores tribales, ventanillas abiertas y grito pelado, decía algo así:

“Chinga, chinga, a pelo piqué. Bicho malo pillé. Minga chunga, ladilla pillé, chichi chungo trinqué. Iba bolinga, capucha no usé, chati mangui pringué, pica pic, cocos y minga, labo nabo con gel”

Y en fin, después de esto, me darán la razón en que, efectivamente, el paso del tiempo, pasa. Y sobre todo desde que los reyes no son reyes ni los padres solo padres.

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