El de las pequeñas cosas

A veces me da por pensar en los granos de arena.

Tan pequeños, tan dorados, tan preciosos, tan pequeños.

Y entonces, de los granos de arena pienso en todo. En las motas de polvo, en las migas de los pasteles esponjosos cuando ya se ha dado buena cuenta de ellos, en el último sorbo de martini, en la última calada de un crepitante cigarrillo, en la cálida exhalación que la precede, en las notas después de cada estrofa de Steppin’ Out with my Baby de Astaire, en las chisporroteantes llamas danzantes de una chimenea en invierno y los pequeños traguitos de un chocolate caliente frente a esta, chip, chip.

 

 

 

Y en los agujeritos. Los pequeños, minúsculos agujeritos por los que a veces se caen las llaves y se pierden para siempre y ya nadie las encuentra y entonces se olvidan.

Y también pienso en las hojas de papel con cuadraditos, las que en la escuela se arrancaban para escribir mensajes secretos que pasaban de mano en mano hasta llegar a su destino.

Recuerdo que fue en uno de esos papelitos con cuadraditos donde me dijeron las primeras cosas de Amor. Y digo Amor y no amor porque solo merece llamarse Amor algo cuando está todo enterito empapado y bañado y acuoso y ensopado como la torta tres leches. La torta tres leches es uno de mis postres favoritos. Y sólo cuando está calado y empapado y bañado y acuoso y ensopado de inocencia puede uno decir Amor y no amor.

Imagino que no cualquiera puede presumir de haber recibido las primeras palabras de A en una hoja de papel de cuadraditos. Voy a decir A y no Amor porque Amor me suena muy cursi y yo no soy cursi, yo soy más de Tarantino.

E imagino también que tampoco todo el mundo puede jactarse (me gusta mucho esa palabra: jactarse. Suena a reyes y a señores y señoras importantes con anillos dorados en los dedos y capas de pieles y coronas y diademas con piedras carísimas. Pero a veces me da un poco de miedo usarla porque como suena a gente importante siento que se me cae por todos los lados y me queda muy grande y muy ancha como un jersey de la talla más grande de todas que se me cae por todos los lados), tampoco todo el mundo puede jactarse de que, en las primeras palabras de A que le dedicaran, le escribieran un poema de Bécquer.

De ser total y completamente justa y total y completamente sincera, he de admitirles a ustedes que poco entendí yo, con mis once pueriles y cortos otoños, de por qué al jóven Héctor le cubriría la muerte con su fúnebre crespón (en fin, ¿qué tendría la muerte que ver con todo aquello?). Las unicas nociones que tenía yo por aquel entonces de Gustavo Adolfo eran los poemas que me dejaba mi tío copiar en el cuaderno para entregar algún trabajo de literatura en la escuela.

 

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Y se preguntarán ustedes, ¿qué tendrá que ver Gustavo Adolfo con los cuadraditos de las hojas de los cuadernos?, ¿cómo, en fin, habremos llegado a todo esto? Y también se preguntarán el por qué de mi uso tan abusivo y desmedido de la conjunción “y”, les reconozco que me está costando mucho y más y más que mucho abandonar mi etapa Hemingwayana.

De cualquier manera, déjenme aclarar la primera cuestión, que ahorita pronto entenderán ustedes.

Un par de líneas debajo de las palabras de Gustavo Adolfo, el jóven Héctor había escrito con un bolígrafo azul algo tembloroso pero con trazo intenso “¿quieres ser mi novia?” y aún más por debajo, había repasado dos cuadraditos, separados por otros dos cuadraditos sin repasar en medio, y dentro de un cuadradito había escrito “sí” y dentro del otro cuadradito había escrito “no”.

Y recuerdo también que el jóven Héctor tenía una bicicleta que usaba para moverse por todas partes, y llegó a la puerta de mi casa en su bicicleta y a mí me daba una vergüenza que me moría porque me gustaba un poquito y cuando alguien me gusta un poquito me da una vergüenza que me muero y casi no me atrevo ni a mirarle y yo no quería salir de casa. Y acabé, claro, por salir de casa y Héctor estaba todo del color de la manzana de Blancanieves roja roja rojísima y me dio corriendo el papel de cuadraditos doblado y se dio la vuelta y salió con la bicicleta rodando y rodando más rápido que cualquier ciclista de carreras de esas de ciclistas.

Y, en definitiva, en ocasiones me da por pensar en estas cosas pequeñas y algunas otras cosas pequeñas como las sonrisas que acaban muriendo en el suelo movidas por el cosquilleo del recuerdo, y las bicicletas, y las carreras de ciclistas, y las manzanas, y las bicicletas, y las ruedas que giran y giran y las sonrisas, las manzanas, las bicicletas, las ruedas que giran.

 

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