El de la felicidad

 La rosa
no buscaba la rosa. 
Inmóvil por el cielo,
buscaba otra cosa.


Federico García Lorca

¿Y qué buscaría la rosa? A mí siempre me ha gustado pensar que la rosa buscaba la felicidad, la felicidad y el Amor con A. Y que, en realidad, sigue buscando y rebuscando por todos los rincones del mundo y aunque a veces logra alcanzarla y la sujeta firmemente pero con suavidad un tiempo, luego se descuida y se le escapa y tiene que volver a ponerse las lentillas para de nuevo buscar y rebuscar por todos los rincones del mundo y así una vez y otra y otra y otra más. 

Y es que yo pienso de estas cosas tan capitales y tan importantes como son la felicidad y el Amor con A, que por muy capitales e importantes que sean, son en realidad chiquitas chiquitas tan chiquitas que caben en una mano y vienen y van en diferentes formas y tamaños y a veces se quedan mucho tiempo y muchos días pero otras solamente se dejan rozar un poquito. 

Y también pienso que hay que estar muy atento para cogerlas fuerte y no distraerse y aprovecharlas bien cuando llegan a la mano de uno, como decía el feo de El bueno el feo y el malo: “when you have to shoot, shoot, don´t talk”

(Qué escena. Y qué peliculón. Y qué Morricone. Y QUÉ Eastwood, Clint Eastwood. Yo siempre digo que al séptimo día creó Dios el sushi y los camisones de satén y a Clint Eastwood, y vio Dios que era bueno)

Y claro, hay que estar muy atento y aprovechar cuando vienen porque uno nunca sabe si van a volver o cuando volverán siendo como son conceptos muy caprichosos. Y entiéndanme, son caprichosos teniendo el adjetivo caprichoso su definición de toda la vida. La de siempre. La de caprichoso de niño caprichoso que quiere un helado y lo tira y luego quiere otro. Caprichoso, en fin, espero me comprendan ustedes.

Digo esto porque mi abuela conoce y emplea otra acepción de caprichoso ligeramente diferente: hoy precisamente hemos ido a comer a un restaurante de esos modernos de platitos pequeñitos ricos riquísimos para celebrar cosas y uno de los camareros llevaba el pelo a lo moderno, como se lleva ahora, rapado de mitad de la cabeza para abajo y largo por arriba, recogido en un moñito bien duro y compacto.

Y bueno, cuando Luis (porque se llamaba Luis el camarero del moño) ha pasado por delante de nosotros, mi abuela me ha dado un golpecito en el brazo y nos ha dicho a mi tía y a mí, con una mano en la boca (signo de confidencias de alto secretismo) y su acento andaluz muy marcado “uy, mira el camarero, qué caprichoso” “¿caprichoso, abuela?, ¿caprichoso, por qué?” “con su moñito aquel, que parece que lleva un rabo de toro en la cabeza” “abuela, que nos van a oir” “uy si es que hay que ver, que es como un rabito así de pequeño” y haciendo el gesto con los dedos. Y mi tía y yo rojas rojísimas. Y en fin, que a esa acepción de caprichoso no me refiero yo, que no sabía ni que existía hasta hoy al mediodía. 

Pero claro, se preguntarán ustedes cómo podemos coger y apretar y aprovechar la felicidad cuando viene si viene cada vez de una forma y de un color y de un tamaño y cómo podemos saber que es ella si no la conocemos de antes.

Y la verdad es que no hay respuesta para eso, supongo que también hay que tener un poco de suerte y saber distinguir ese pinchacito en el pecho y en realidad considero que en el fondo fondo del todo sabe cualquiera lo que es la felicidad.

Para mí, a veces la felicidad es como esta mañana. Despertarme y escuchar I Can See Clearly de John Nash y pensar en cosas y que se me ponga una sonrisa muy grande en la cara y parezca que he estado durmiendo con una percha en la boca


Y tener muchas ganas de cantar (aunque cante espantosamente fatal) y de bailar y de correr y echar bocanadas de aire fresquito de invierno y coger la línea nueve de metro y luego la uno y bajar en Gran Vía y andar hasta Cibeles y luego mirar Gran Vía desde allí pero seguir calle arriba por la del Banco todo recto rectísimo hasta llegar a Sol y salir por Pontejos y comprar castañas calientes y después de quemarme todos los dedos por ser demasiado impaciente, ir andando hasta La Plaza Mayor y tomar chocolate en Valor (porque San Ginés, sabrán ustedes, es para los turistas. Los gatos, caballeros y señoras, en Navidad tomamos chocolate en Valor)

chocolateria valor

Y pedir un buen montón de churros y saborear su chisporroteante y grasiento y crujiente regustillo y después andar hasta Ópera y pasear por los jardines de Sabatini y mirar al Palacio Real de frente así como desafiándolo y luego subir la cabeza y mirar al cielo porque ya es de noche y está lleno de estrellas y pensar a Neruda y bajar la mirada otra vez y ver el Palacio Real de nuevo y seguir andando rápido y cruzar el puente de los suicidas y seguir recto todo recto hasta pasar San Francisco el Grande. Y entonces entrar por la Cava Baja y pasar de largo en Casa Lucio y meterse en La Chata y que toda tu ropa se quede oliendo a fritanga muy fuerte pero no te importa porque las croquetas (señor, ¡qué croquetas!) y los torreznos y otra cerveza camarero y otra más y salir y respirar el aire y encender un cigarrillo y la cerveza que te ha puesto más contento y ay, eso a veces sí es felicidad y es una felicidad de lo más estupenda: mi Madrid. 

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