El de las casualidades

Hoy no pensaba escribir nada. No pensaba escribir nada pero entonces he salido a la calle. He salido a la calle porque el deber a veces llama. El deber a veces llama los domingos. Los domingos a las ocho de la mañana. Maldito sea el deber. 

Pero he salido a la calle y la he visto a ella. A ella. A mi ella. O a la que era mía. La niebla. La niebla que hace unos años me daba los buenos días allá muy lejos entre casitas de ladrillos y de tejados bajos y me acompañaba hasta la puerta de la oficina y por el camino amenizaba a Phil Collins que me cantaba en susurros desde un iPod que no era el mío. Es una pena que de muchas canciones no recordemos la primera vez que las escuchamos. Es una pena pero quizá eso hace más especial cuando sí las recordamos. Y yo recuerdo muy bien la primera vez que escuché Another Day in Paradise. Fue un accidente. Un accidente de esos por los que uno luego da las gracias. Y llegó al presionar la opción de aleatorio de ese iPod que no era mío. Y aunque los auriculares eran de los malos del tren, Collins, maldito, hizo usted que se me saltaran las lágrimas y que una electricidad inefable convulsionará todo mi alma. Y el día se hizo más ameno. 


He salido, entonces, esta mañana a la calle, y como un viejo amigo al que no ve uno desde que mudara ciudad, ahí estaba, la niebla, que había venido a visitarme. Y me he dicho, “Holly, querida, has de dedicarle unas letras a esta fantástica niebla” Y en fin, ya ven ustedes, que mi capacidad de persuasión es extraordinaria. O lo es mi propensión a ser persuadida.

Estaba la niebla llenando las calles y llenándolo todo y en cada esquina. A la niebla le pasa lo mismo que ocurre cuando se enamora un poco uno. Que lo llena todo y todo está lleno. Y a pesar de que se mire a un lado y a otro siempre se lo encuentra por aquí y por allá y aunque se diga uno como la de Hércules que lo esquive y que lo evite porque esas cosas luego siempre hacen daño y mira lo que pasó la última vez ahí sigue por todas partes y de pronto abre uno los ojos y ah se aguanta usted porque no puede hacer nada y ya está en un 600 de los cincuenta cuesta abajo y sin frenos y ¡Maldita sea! Maldita sea del todo, del todo de maldito de verdad, como Baudelaire. 

Y esta niebla que lo llenaba todo y todo estaba lleno de ella era como el ruido de Ismael. Y claro, justo yo estaba escuchándole a él. Ese estrépito infinito. Y Saulo que luego fue Pablo sembrando rencor. Ese ruido que lo llena todo y está por todas partes. Si se callase el ruido quizá podríamos hablar, y soplar sobre las heridas, quizás entenderías, que nos queda la esperanza.

Si se callase el ruido… Es mi canción favorita de Serrano. Junto con Vértigo. Y con Papá cuéntame otra vez. Y Cien Días, Y La Extraña Pareja, (oh La Extraña Pareja: es mi extraña pareja predilecta. Y miren que me gusta a rabiar la de Jack Lemmon). Y Kilómetro Cero. Y Últimamente. Y Vine del Norte. Y.. En fin, no, supongo que todo esto invalida la primera premisa. No es mi canción preferida de Serrano porque todas son mis preferidas. Me resulta imposible escoger una, o hacer una selección. Eso es como cuando te piden un top five de películas, o de libros. Inconcebible. 

Malditos quienes lo piden. 

Estoy maldiciendo mucho en el día de hoy. Quizá debiera preocuparme. 

La primera canción de Serrano de la que me enamoré es Ultimamente. Creo que lo que me enamoró de ella fue que nombraba a mi amado Franz.


Hablemos de esta plaga de los viajes; cuidarse de los enlaces de los trenes, la comida mala, irregular, relaciones que cambian continuamente, que nunca duran, que nunca llegarán a ser verdaderamente cordiales, y en que el corazón nunca puede tener parte ¡Al diablo con todo!

Oh, discúlpenme, ¿no tienen el gusto?. No se alarmen, no se alarmen, lo soluciono yo sin dilación.  Bien, Franz, querido, te presento a estas estupendas personas. Y a ustedes, queridos, les presento a Franz, Franz Kafka. 

Franz y yo nos conocimos hace ya bastantes años, nos unió un particular escarabajo. Era un escarabajo que se llamaba Gregorio. Si ustedes han entendido, les presento mis más honrados respetos. 

Otra parte de Ultimamente que me gusta mucho es la de la fiesta. Y la vida me parece una fiesta a la que nadie se ha molestado en invitarme. Me gusta mucho ese concepto. Es curioso que no fue Ismael la primera persona de la que lo escuché. Fue precisamente el dueño del iPod desde el que escuché Another day in paradise quien me confesó sentirse así a veces. Como si la vida fuera una fiesta en la que le habían metido sin proponérselo. Y me dijo también que por eso, había días en los que se sentía con mucha suerte y se hinchaba entero y su dicha era muy grande y otros días en los que no sabía muy bien lo que hacía ahí y tampoco le importaba. Y recuerdo que era una bonita persona, y que a veces cuando se ponía todo serio y decía esas cosas yo le daba muchos besos por toda la cara. 

Y no sé si la bonita persona habría escuchado a Ismael, no creo, si les soy sincera. Supongo que sería una de esas casualidades que a veces ocurren. Las de los inventos, quiero decir. Ya saben, lo de idear algo que ya era antes de idearlo uno. Y es la pura verdad que en ocasiones pasa. Otras veces es mentira. Como la de mi hermano. Mi hermano pasó su infancia convencido y convenciéndonos de que había inventado la canción del pan duro. Pan duro, que se ponga duro, y el resto era para mayores de dieciocho y no teníamos dieciocho pero lo cantábamos igual. Les confieso que me pregunto ahora si sería realmente verdad que la había inventado él. De ser así, me encontraría yo en una posición del todo afortunada. Puedo ver los carteles con luces de neón “Holly, la hermana del niño que inventó la canción del Pan Duro”. Y se venderán muchos boletos. 

En realidad, han de coincidir ustedes conmigo en que, posible, es. Es como lo de todas las casualidades. Casualmente mi tía iba a tirar un abrigo y casualmente me gustaba y me lo he quedado yo. Casualmente el metro a veces llega cuando alcanzas el andén y casualmente otras veces has de esperar muchos minutos. Casualmente el señor sentado a mi lado en el vagón lleva una colonia que ya había olido antes. Casualmente hemos salido nosotros después de una combinación fortuita de células y más células con un poco de ayuda de lo de Darwin. Casualmente me gustan los callos y mi abuela los preparó ayer. Casualmente la bonita persona se olvidó su iPod en mi habitación aquella mañana. Casualmente hoy he salido de casa y casualmente la niebla estaba en todas partes.

Y, en fin, coincidirán ustedes conmigo en que la niebla ha dado su fruto. Pero acabo de volver a bajar a la calle y ya no hay niebla. Ya se ha ido. Por lo que me veré obligada a acabar. Y para colmo he perdido mi sombrero favorito. ¡Maldita sea!

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