El del verde

Verde que te quiero verde. 
Verde viento. Verdes ramas. 
El barco sobre la mar 
y el caballo en la montaña. 

Federico García Lorca

Vencer es verde, verde serpiente, verde botella. Vencer no es victoria, es su hermano pequeño. Victoria no es verde, es azul, además de infiel (lo saben hasta los romanos). Victoria es la cima coronada vestida de encajes blancos toda limpia y pulcra pero los bastones haciendo sonar el fango y el pie izquierdo siguiendo al derecho y los castañeos de dientes y las motas de barro en los pantalones, son vencer.

Siempre fui más de vencer, verde, que de victoria, azul. Victoria solo quiere amantes y polvos rápidos, vencer te flanquea hasta convertirse en polvo y volar con el viento.

La vida también es verde, pero no solo un tipo de verde (como vencer), si no muchos entrelazados. Todos los verdes de la vida tienen dos caras, como los abrigos reversibles. De pequeña yo tenía un abrigo reversible verde con el jorobado de Notre Dame dibujado en la espalda, obligué a mis padres a comprármelo porque estaba muy enamorada de Quasimodo. No podía entender cómo Esmeralda, que tenía los ojos verdes, acababa yéndose con el rubio alto y guapo que me caía fatal. Esmeralda, cariño, si está muy claro: ¡el bueno es el jorobado!.

En fin, que como los abrigos reversibles son los verdes de la vida que se abrazan como queridos con tanta fuerza que a veces resulta difícil distinguirlos. Vigilia o sueño, presente o pasado, bien o mal, surrealista o cabal… Hace muchos años, viendo a De Niro en Taxi Driver no entendía del todo su estado románticamente sonámbulo ni sus diálogos. Tiempo más tarde, con unos cuantos inviernos verdes más en mi espalda pude comprender a la perfección que tales eran los efectos de un insomnio recurrente, y entonces vi la cinta con otros ojos.

Lo que De Niro, con su “you talking to me?” y su fabulosa chaqueta verde logra en pantalla, no es en absoluto un cuento hollywoodiense sino la más tangible cotidianidad de muchos. Me llamó la atención también su obcecación con obrar bien, con obrar “su bien” (lo que él consideraba como tal), a pesar de su estado aletargado, y entonces fue cuando realmente fui consciente de la maravillosa brillantez de Scorsese.

Sabedor de ello o no, había creado una perfecta alegoría de la obra del de la Barca, siendo De Niro un Segismundo atormentado que cabalgaba a medio camino entre la temible realidad que le encerraba en su torre que era el taxi y el placentero sueño que encontraba en la calle 63 esquina Broadway.

“Maldita sea, los días pasan uno tras otro, parece que no tienen fin. Bueno, en realidad, lo que he necesitado siempre es una meta que alcanzar, no creo que uno deba consagrar su vida solo al cuidado de sí mismo, pienso que también debe darse uno un poco a los demás”

Así, nos enseña el genio de Martin que la vida no es sino un continuo vencer que pasa como el sueño y por tanto hay que aprovechar al máximo y, nos dice también, que a pesar de que nos pueda parecer surrealista en algunos momentos, nunca hemos de dejar de luchar por lo que creemos.

¿Qué es la vida?, un frenesí;
¿qué es la vida?, una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,  
y los sueños, sueños son.
 

Calderón de la Barca

 

Scorsese es verde, y Taxi Driver también. Y otro del cine que también es verde, es Tarantino, culpable de la escena más verde jamás rodada en la historia del cine, que resume y define sintéticamente todo esto que pretendo transmitirles. El hermano de Bill entierra a Beatrix en una tumba a fin de dejarla morir, pero, cuando todo parece terminado, la novia recuerda la lección de su maestro Pai Mei sobre el valor de la lucha, el esfuerzo y la perseverancia. Y entonces: vence contra lo invencible, supera lo insuperable, burla lo menos verde de todo: la muerte.

En ocasiones la vida empuja y nos tira en ataúd al fondo de un hoyo muy grande excavado en el barro. Cien metros bajo el nivel del mar, que es azul. El barro que es verde y nos mancha enteros nos ahoga y se cuela por todos los huequecillos de nuestro cuerpo pero sin taparlos y hay granos rodando por todas partes: por los agujeritos de las orejas y de la nariz y los poros que no dejan que el sudor respire. Y en esas ocasiones, es cosa nuestra decidir comenzar a golpear la madera con la paciencia y la fiereza y la dedicación de Beatrix Kido o rendirnos antes de hacerlo.

Si bien es verdad que, una vez comprobado que no hay salida tras cierto marco, y, al ver que golpeando, encuentran los nudillos de uno un muro interminable de ladrillos de acero inoxidable, admitirlo y cerrarlo del todo, es siempre el mejor recurso.

Porque saber aceptar las derrotas, también es verde, de vencer.

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