El de las primeras veces

Por fin. Por fin la lluvia. Por fin mi lluvia, su olor, por fin. El olor de la lluvia.

Este verano ha sido uno de los largos, de los que se quedan hasta bien entrada la mañana remoloneando en la cama y no dejan pasar a la resaca hasta que ella decide echar la puerta abajo. Y qué señora. Y cómo entra. Porque cuando la resaca tarda, golpea más fuerte. Y por lo que parece, esta vez se ha lucido… En fin, que qué largo verano, y qué dura su resaca. Por lo menos, siempre nos quedará el olor de la lluvia.

El primer día de lluvia es como una mañana de reyes cuando los reyes eran reyes y los padres eran solo padres. Y el roscón, y el humeante y oloroso vaho del delicioso chocolate que se cuela desde la cocina hasta el último rinconcito de la casa.

Y olvidarse a propósito el paragüas. Y esa sensación de libertad en una acción tan tonta. Decía Cortázar que cada acción implicaba una inacción, una protesta, un algo que no se hace o que se deja de hacer, y cuando decides no cubrirte y saborear la sal que dejan las gotas en tus labios y sentir el pelo erizándose y desordenándose y enredándose, lo que dejas de hacer es en realidad todo. Dejas de seguir el camino que hay que seguir y te desvías y te pierdes, y de pronto eres un rebelde. Sin causa, pero rebelde igual.

 

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Pero lo mejor del primer día de lluvia del año es que es exactamente igual que el segundo.

Y que el tercero y que el cuarto.

Y a la quinta vez que sales a la calle sin paragüas y las gotas empapan tu ropa y entra el agua por los calcetines, te sientes también un poquito más libre, y más salvaje, y más rebelde. Y todo es igual que el primer día de lluvia. Todo es igual pero es diferente porque no es ese día.

Lo que quiero decir con esto, es que no existe el primer día de lluvia, ni el segundo ni el tercero. Porque cada día de lluvia es el primero y es en eso igual que los demás: es igual a los demás en ser un primero. Pero es diferente a todos y como es diferente, es el primero (que es en lo que es igual a los demás)

¿Demasiadas vueltas? Voy a intentar explicarme como me lo explicó mi amigo Fotis.

 

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Fotis es mi gran amigo griego. Los amigos griegos son mejores que los yogures griegos. Yo les recomiendo a todos ustedes, en caso de que no tengan, que se busquen un buen amigo griego. Debe ser por lo de las tragedias griegas (las tragedias griegas eran como el Sex and the city griego: si quieres aprender cosas de la vida, no puedes dejar de verlas), el caso, es que los griegos saben mucho de la vida.

 

Pues bien, a mi amigo Fotis siempre le veo una vez al año, cuando voy a mi querida y amada Albión.

Y siempre cenamos en el mismo antro barato perdido en el corazón de Shoreditch.

Y siempre me enseña cosas de la vida, es una de esas personas con las que puedes tener una buena conversación.

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En nuestra reunión de hace un par de años, estuvimos hablando de cómo nos habíamos hecho amigos: su hermano y él fueron mis clientes en la inmobiliaria donde trabajaba y otro compañero y yo nos dimos cuenta de que era una persona que sabía cosas y con la que nos gustaba hablar y acabamos haciéndonos muy amigos de él.

Y nos acordamos de la primera vez que habíamos ido a cenar a ese grasiento garito.

Y observamos el garito.

Y vimos que todo seguía igual, incluso parecía que hubiera la misma gente.

Pero cuando estábamos mirando hacia todas las paredes topamos con un espejo, y entonces vimos nuestro reflejo. Y comprendimos que algo sí que había cambiado: nosotros. Y es que tanto habíamos pasado, por cada uno de nuestros lados, que de ninguna manera era él y de ninguna manera era yo la misma persona que había sido dos años atrás.

Y entonces pensamos en las primeras veces. Porque a ese garito habíamos ido por primera vez hacía ya dos años. Pero eso era una mentira. Era una mentira porque no éramos las mismas personas que hacía dos años, éramos otras personas diferentes, y era la primera vez que, siendo lo diferentes que éramos ahora, íbamos a ese garito. Y nos dimos cuenta, también, de que la próxima vez que fuéramos, tampoco iba a ser la cuarta vez, porque seríamos también diferentes a como éramos ahora y a como fuimos antes.

Y entonces lo vimos claro: las primeras veces son una mentira.

 

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Son una mentira porque no existen. Porque nunca somos las mismas personas dos segundos seguidos, y si no somos las mismas personas dos segundos seguidos, no podemos hacer lo mismo dos veces porque, aunque sea lo mismo y el lugar y su ambiente y su todo sea igual, nosotros no seremos iguales.

Y quedamos contentos con nuestra premisa.

Porque eso significaba que por muchas veces que hiciésemos algo, o por pocas veces que lo hiciéramos, siempre iba a ser una primera vez. Y cada vez podía ser igual de increíble o más increíble que la supuesta primera. Y nos pareció que la vida era más bonita. Pagamos, y nos despedimos y fuimos cada uno andando hacia nuestro lado, por el empedrado de Londres. Y entonces, empezó a llover.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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