Carta Primera

Mi queridísimo Ignacito,

Recibí tus mensajes hace unos días pero los asuntos de oficina y estudios no me han dado cuartel estas últimas semanas. Así, no ha sido hasta hoy que he podido sentarme a escribirte.

Me alegro de leer la mejora de Flash. Efectivamente y si el veterinario no se equivoca, en unas semanas más de aquel pienso quizá lleguemos a verlo tan ocioso y activo como estaba antes. No dejes que coja frio.

Antes de darte mi sincera opinión sobre la cuestión, has de tener en cuenta que mis palabras no son más que mera consideración subjetiva, como lo son las de cualquiera, y que no debes, en ningún caso, tomarlas por otra cosa que consejos u opiniones y no directrices incuestionables o norma insondable.

También, y a pesar de ello, he de confesarte que comprendo en perfecta medida esto que ahora me compartes. Aunque sea dificil de creer, has de tener en cuenta que tú como yo somos pequeñas gotitas brillantes y tintineantes en este mar de todos, y que, a pesar de que nuestra forma sea distinta, cada gotita resulta del mismo agua. Por eso, querido Ignacito, no has de extrañarte cuando descubras en los años venideros, que el sufrimiento o dolor que tú sientes, puede otra gotita sentirlo de igual manera. Hemos de ser lo suficientemente humildes como para reconocernos sabedores de esto: nuestra individualidad, nuestra diferencia para con el resto, es una mera forma en el mismo material. (Y ahí radica el sentido de la igualdad entre todos al margen de cualquier premisa, que a su vez, reconoce distinción. Pero de eso hablaremos otro día)

Me comentas que te duele ahí dentro, donde dicen que está el corazón. Y que te duele a pinchazos intensos: que la torpeza para respirar, la angustia de tus pulmones y el ahogo de tu sentir, te lo dan esos pinchazos. Me preguntas, ¿es normal, hermanita, estar tan triste?, ¿es normal echarla tanto de menos?, ¿que me duela tanto?

Quiero decirte, querido Ignacito mío, que tras esta, tu Patricia, habrá, aunque no lo creas, otra tuya y otra más, y serán tan tuyas, la una y la otra y la siguiente (sin serlo, como ninguno de nadie), como tu Patricia lo es y lo ha sido. Y que lo que ahora sientes y has sentido, de nuevo volveras a hacerlo, aunque sea de otro color. Y, créeme también, que llegará el día en que no recuerdes el color de lo que ahora llevas dentro. Pero siempre recordarás haberlo tenido.

Sin embargo, antes de que todo eso llegue: antes de que lleguen las otras, pasarás, y créeme que lo harás, sin posibilidad de omitirlo, muchos minutos, y muchas horas y muchos días y muchas noches, pensándolo sin tregua y desangrando su dolor.

Porque los dolores de los primeros amores son como sanguijuelas que quitan la sangre de uno. Y aún así, al mismo tiempo, igual que en las antiguas sangrías, algo curan: porque a fuerza de quitarles la sangre, la sangre se cambia y es una sangre nueva. Y así uno cambia y se vuelve uno nuevo y mayor y más fuerte y ya no caerá con las mismas sanguijuelas porque se habrá inmunizado de ellas. La mala noticia es que caerá entonces con una enfermedad de mayor gravedad. Y cuando eso pase, querido Ignacito, no has de preocuparte porque estaré también yo aquí para sostenerte,

Besos a los niños.

Te quiere y abraza de corazón,

Tu hermanísima,

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