el perro, el niño y los ojos azules. 1

Ciudades que inspiran hay un puñado. Viena con su elegante y dorada aristocracia fue la culpable de que un tal Klimt perfilara un beso al compás de los valses de Strauss. En el dieciocho Berlín encendía las velas del buque del romanticismo hasta que Tours moviera la mano de Balzac para apagarlas de un manotazo. Y París. París era una fiesta para el americano solitario. En el país del Sagrado Corazón, Aracataca acompañó al coronel Aureliano Buendía en sus cruzadas mojando la pluma de García Marquez. Sí, un puñado. Y de todas, todas ellas, hay otra que se mofa.

La ciudad gris, la ciudad apagada. La ciudad que sangra almibarados ríos de inspiración, alentados por el ímpetu de las persistentes gotas de lluvia que nunca dejan de bailar bajo sus nublados horizontes. Madrid será lava, pero Londres… Londres es ceniza.

Octubre había llegado hacía ya algunos días y yo seguía relamiéndome los restos del verano. Los últimos meses habían volado amontonando una incesante vorágine de cambios y más cambios y cambios sobre los cambios. Oficialmente ya había conseguido el número de la seguridad social inglesa y ya tenía cuenta bancaria. Dónde iba a vivir era aún un misterio. El sábado pasado Ale me había acompañado a ver una residencia en Notting Hill pero por lo que parecía allí no había sitio para nadie. Terminé de fregar los cacharros y até a Lala a su correa. Le di un poco de comida extra, era la tercera vez en esta semana que no iba a llevarla al parque así que se lo merecía. Pobre Lala. Al abrir la puerta nos recibió un suave airecillo frio, me ajusté el abrigo. No cerraba bien pero abrigaba, es lo que tiene comprar abrigos baratos. Llevaba años buscando uno como ese. Largo hasta dos palmas más allá de la rodilla, beigue y sencillo, sin ninguna clase de adorno. Es curioso que sea tan dificil encontrar ropa sencilla hoy en día. Cuando lo compré me quedaba casi como un guante pero los kilos que había adelgazado en el último mes habían acentuado lo holgado que era. La parte buena de que me quedase grande era que podía vestir debajo con jerseys anchos que aún calentaban más, así que llevaba uno apagado de mi padre. También se me habían quedado grandes los pantalones que llevaba, unos Levi´s 501 de alguna tienda de segunda mano de Malasaña. Sobraba vaquero por todas partes. Caían en dobleces sobre mis deportivas sucias. No me había dado tiempo a ducharme para llegar a la cita del banco así que había optado por recogerme el pelo en un enmarañado remolino sobre la cabeza.

Las calles de Clapham eran todas iguales, limitadas por bonitos adosados blancos. El suelo estaba siempre muy limpio. Una de las primeras cosas que me habían llamado la atención de Londres al llegar era que hasta los barrenderos llevaban camisa. Todo parecía estar en su sitio y ordenado por una invisible y exquisita estética.