El de los lobos

Hace cinco o seis años tuve el honor y el placer de ser alumna de un moderno John Keating. Si bien es verdad que no hubo suicidios y tampoco llegamos a alabarle con ningún “oh Capitán! Mi capitán”, aprendí una valiosa lección que trataré de compartir ahora con todos ustedes. 

La valoración de su asignatura consistía, burlando las directrices de Bolonia, en la realización de un único trabajo final. El tema es que, unos días antes de que se publicaran los boletines de notas, fuimos una compañera y yo a su despacho a preguntarle por la nuestra. Las manos enlazadas en la espalda, los nervios chispeando por los dedos.

Levantó la mirada de sus papeles y se colocó las gafas.

“Bien, y, ¿qué nota creen ustedes que tienen?” carraspeando.


Nos miramos.

¡Qué dilema tan engorroso!

¿Arriesgarse con una nota baja por no denotar altanería y exponernos a parecer demasiado vagas? ¿Aventurarnos con una alta y resultar unas engreídas sin abuela? Y entonces recordar a Aristóteles. In medio virtus.

“Un ocho”, ni muy alta ni muy baja, decidí dar el primer paso.

“Sí, yo también, un ocho”


Otro carraspeo, el profesor se quitó las gafas.

“Debería suspenderles ahora mismo”.


Horror.


“y voy a explicarles por qué. Si ustedes, cuando realizan un trabajo, verdaderamente ponen todo su empeño y lo hacen de la mejor forma que pueden, entonces, la nota que ustedes a ustedes mismas deberían darse, ha de ser la más alta. Y de no ser así, no han hecho el trabajo como deberían. Lo que yo pueda darles no es más que un número, y de ninguna manera ha de concordar con el valor de la tarea”

Revisando después nuestros proyectos, comprobó él que teníamos cada una un diez, y, efectivamente, cumplió en parte su palabra y nos calificó con sendos nueves.

Me gusta pensar en su reprimenda algunas veces. Sobre todo cuando pienso en cada uno y en los demás. Una vez escribí aquí, hace ya muchos años, que la vida es como una película, una superproducción, de indecente presupuesto y enormes dimensiones, como los clásicos de la época dorada del viejo Hollywood. Muchos personajes, complicada trama. Y, también escribí que, aunque suene quizá algo narcisista decirlo, es uno mismo, y solo uno mismo, el protagonista de la cinta. Y, oigan, señores, no me miren así, dejemos por un momento de lado la terrible estigmatización del yo. 


Así, si cada uno realmente trata y lucha por ser la mejor versión de uno mismo no dudará en darse el diez. Y ay si todos fuéramos nuestros propios dieces. Cuántos dramas nos ahorraríamos entonces.

Porque, me crean o no, es precisamente ese amor al yo más profundo, la única base válida para alcanzar cualquiera de los otros. ¿Que usted pretende forjar o mantener una amistad verdadera prescindiendo de ese amor? Permítame decirle entonces, desde la más sincera de las humildades, que fracasará estrepitosamente.

Y trataré de compartirles el por qué de mi cabezonería. En una amistad, como en cualquier otro tipo de contacto, la moneda de cambio es al final el tiempo. Y el tiempo es nuestro tiempo y nuestro tiempo somos nosotros mismos. Tiempo que toma forma de cafés, de escuchas, de charlas, de calamares y chopitos o de cervezas con alcohol (porque, como decía Guille Milkiway, la cerveza sin alcohol, no está mal pero requiere empeño) o de cualquier otra cosa.

Y el tiempo es nuestro tiempo y nuestro tiempo somos nosotros mismos. Nosotros mismos que nos damos granito a granito, deshaciéndonos sobre el fondo de un reluciente reloj de arena. Y si ese nosotros y ese uno mismo para nosotros y para uno mismo no es un diez, o una mención de honor, entonces no estaremos realmente queriendo: porque si se quiere a alguien, se le da lo mejor, y si no es lo mejor lo que se le da, no se le está queriendo de verdad. Y si nosotros mismos no pensamos que somos lo mejor, entonces no estaremos dando lo mejor si nos damos. 

Ya, ya, lo sé, lo sé, ruego disculpen mi pedantería y mis rodeos y rodeos y más rodeos sobre los rodeos, cometí el terrible error de tomar un café demasiado cargado esta mañana y mi cabeza ha montado una fiesta de filosofía.

En fin, que a lo que venía todo esto, es que es precisamente ese yo, esa esencia, que se encuentra en cada uno, la que pienso deberíamos, antes de nada, querer con locura. Y no me refiero de ninguna manera al aspecto externo ni a los rasgos del carácter, me remito al yo más verdadero y más profundo de cada uno de ustedes. 

En mi casa nunca se nos permitió ver lo que daban en televisión, en lugar de eso y aparte de ver películas, mis hermanos y yo leíamos. Y leíamos mucho. Mucho bueno y mucha porquería, pero mucho. Uno de mis libros preferidos, y ruego no me juzguen por ello, en los albores de la adolescencia, era Eragon. Y nunca llegué a leer el tercer tomo, que vino a editarse demasiado tarde. Un concepto que me gustaba mucho de Paolini era el del Idioma Antiguo, el nombre verdadero de las cosas. Como brisingr. Brisingr es fuego. No una forma de llamar al fuego, es fuego, la esencia. Algo así como la realidad fuera de la caverna de Platón, que nosotros solo vemos en su sombra, “fuego”. 

Sabiendo el nombre verdadero de una persona, podía en la novela uno controlarla. Y es ese nombre, que se encuentra dentro de cada uno, que es la esencia, el que pienso y pienso más que realmente deberíamos querer.

Sería el Sunkmanitu Tanka Owaci de Kevin Costner en Bailando con lobos, el nombre verdadero suyo. Y es ese lobo interior al que deberíamos cuidar y seguir.




Y si el corazón que es el lobo que es el corazón les dice que esperen, sean pacientes. Y si el lobo les dice que vayan, háganlo. Y si el lobo les dice que adelante, de cabeza y sin gorro. Y si el lobo les dice que se retiren, despídanse. Porque, y creanme cuando les digo esto, el lobo nunca se equivoca y si le sigue uno, estará haciendo bien.

Como decía Tom Hanks en Naúfrago. “Y ahora sé lo que debo hacer: seguir respirando. Porque mañana volverá a amanecer, y quién sabe qué traerá la marea” Y yo, trataré siempre de que el amanecer me sorprenda bailando con lobos.