El de los sitios

He estado estos últimos días dándole vueltas a cierta cuestión: resulta curioso pensar cómo, al hablar de felicidad, suele siempre remitirse uno a personas, situaciones o tiempos: esta persona me hacía feliz, en esta situación fui feliz, este tiempo de mi vida lo recuerdo como un tiempo feliz,… Y lo que yo no puedo dejar de marear arriba y abajo y abajo y arriba y a un lado y al otro de mi cabeza es que está uno y el otro siempre empecinado en dejar de ladito a los lugares y a los sitios, y a los Reales Lugares y a los Reales Sitios.

Y en verdad me vino esto a la cabeza porque hace un mes me compré una plantita. Y es una plantita muy verde y muy bonita. Y cuando yo me la compré y empecé a regarla comencé también a pensar en su sitio. Y es que la plantita estaba en una maceta toda llena de tierra que era una tierra especial y específica para que la plantita pudiera crecer bien y verde brillante y bonita. Y pensé que claro, que si la tierra fuera otra y no fuera esa tierra especial entonces no podría la plantita crecer tan fuerte y tan verde y tan bonita. Y no podría por mucho que yo la regara con agua de la buena, de la mineral (que claro que yo de esa agua no tengo), y por mucho que la plantita quisiera. Y entonces fui consciente de que el lugar y el sitio donde se encuentre uno es un lugar y un sitio muy importante y determina mucho cómo va a crecer y cómo va a vivir uno.

Hará cosa de medio mes, para aliviar ciertas incomodidades con nombre de vigilias intermitentes e interminables, me recomendaron cierta táctica. Consistía en cerrar los ojos e imaginar vívidamente un lugar. Y el lugar aquel no podía ser un cualquier lugar: había de ser el lugar más placentero en que uno hubiera estado nunca, el más apacible, el más completo… En fin, el lugar donde uno hubiera sido feliz. Pero a mí una y otra vez me venía a la cabeza la profunda y tersa y almibarada voz de Ana Belén y que … “al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”. Y aún así cerré los ojos, concienzudamente y luego relajándolos (porque ya sabe uno, que si cierra los ojos muy fuerte, relajado del todo no está. Y eso por no decir que no lo está uno en absoluto) y relajando también la mandíbula y escuchando mi respiración de colores que era aire que entraba azul helado por la nariz y salía todo coloreado en largos suspiros. Y otra vez.

Y entonces pensé en Los Beatles. Y pensé en Please please me. Vaya album. ¡Vaya!. Y pensé en su There’s a place. Y entonces no pensé mucho más en Ana Belén y sus peces de ciudad.

Pero la mayor tesitura de todas no era para mí la letra de la canción de Ana Belén, ni era la dificultad o complicación de mantener una respiración pausada e intensa o de relajar los ojos y la mandíbula. No era ninguna de esas. Para mí, la mayor tesitura de todas, era decidir un lugar. Puede que tenga esto algo de relación con mi manía de apreciar mucho muchas cosas y muy diferentes. Y mi incapacidad para decidir entre ellas. Y con esto me estoy refiriendo principalmente a personas, libros y películas. Porque a mí me gustan mucho las personas, y me gusta que sean diferentes unas a otras y cada una con sus locuras y sus rarezas y me gusta querer a las personas y quererlas como son y tratar de entender los quebraderos de cabeza que tienen. Como decía la buena de la tía Elner en Bienvenida al Mundo Pequeña, de Fannie Flag: “Pobrecitos los humanos, los lanzan al mundo violentamente y no saben de donde vienen, ni qué se espera que hagan, ni en cuanto tiempo deben hacerlo. Ni en dónde irán a parar después. Pero benditos sean; la mayoría se despierta cada día y sigue intentando encontrarle un sentido a las cosas. Es imposible no quererlos, ¿verdad? Lo que no entiendo es por qué son tan pocos los que se vuelven locos de remate” Y también me gustan los libros que son también muy diferentes el uno al otro y las películas que también lo son aunque sean del mismo género o del mismo director. Y lo que venía a decir con esto, es que para mí es una tesitura terrible tener que decidirme por una u otra película o por uno u otro libro o por unas u otras personas. Y por eso la pregunta que más odio del mundo entero es “¿cuál es tu película favorita? o ¿cuál es tu libro favorito?” porque la gente que de verdad de verdad contesta a esas preguntas, de verdad no les engaño y les digo: que son gente que no saben de las cosas y que no saben de películas y que no saben de libros y no saben de la vida en general.

Y en fin, todo esto venía a que, haciendo el ejercicio que les comentaba, me enfrentaba yo a la mayor tesitura de todas: elegir el lugar. Y me debatía encarecidamente entre dos.

Uno de los lugares que yo barajaba es un lugar salado, con salpicaduras pequeñitas de merengada espuma que dejan ese regustillo que hace que uno se muerda los labios y los saboree dulcemente. Y ese lugar está entero vestido de polvo de estrellas y es un polvo de estrellas que a veces se levanta y baila y despide destellos y brilla y es un polvo que es polvo pero no mancha, sólo acaricia como queriendo decirle a uno que le quiere y que no se vaya… Y que si se va uno le estará esperando a la vuelta y no se irá a ninguna parte y volverá a acariciarle… E imagino yo que por eso es tan difícil para uno despedirse de ese lugar. Porque el polvo, que acaricia, también roba parte de uno, se la lleva al acariciarle sin que uno se de cuenta y ya no se la devuelve y uno no lo sabe hasta que tiene que decir adiós. Y entonces cuando dice adiós… No puede si no llorar. Y llorar desconsolado porque algo se le va y no sabe qué es porque se lo ha robado el polvo de estrellas, mientras le acariciaba, y hasta que vuelva no se dará cuenta.

El otro de los lugares es un lugar polvoriento. Pero no es polvoriento de polvo de estrellas como el primero. Es polvoriento seco, polvoriento de polvo de la carretera, que se levanta orgulloso cuando lo mecen las ruedas de vehículos frenéticos que no saben por dónde están pasando y no miran el lugar siquiera, ni a izquierda ni a derecha, y no se paran. Y entonces pierden la magia. Porque este lugar, es un lugar mágico. Es un lugar mágico porque nada es lo que parece y todo está patas arriba y el mundo de pronto es otro mundo y ya nunca vuelve a ser el mismo. Este lugar está dibujado por una carretera que sube infinita hasta donde la vista alcanza, y si se da uno la vuelta y hace un giro de 180 grados, entonces la carretera vuelve a subir infinita y parece que se encuentra uno en los brazos en cuenco de una madre y uno sabe que está protegido. Y es un lugar muy especial porque huele mucho y huele muy fuerte. Y hay personas a las que puede no gustarle un olor si el olor es muy fuerte pero a mí sí me gusta porque sé a ciencia cierta que, como a la música, a nada se pegan mejor los recuerdos que a los olores. Y si uno vive enamorado de recuerdos, entonces los olores y las músicas son razón importante. Y huele a azafrán y a vinagre y a frutas y a muchas otras cosas. Pero aunque suene como tal, no es una mezcla desagradable, si no que cada una de las cosas a las que huele se enlazan y se abrazan unas con otras tierna y amorosamente y se quedan todas juntitas y contentas y tan cómodas y todo está bien. Y como se sabe, todo lo que se hace de manera verdadera tierna y amorosamente no puede ser en modo alguno desagradable siquiera de lejos.

Y así, les cuento que en última instancia decidí decidirme por el lugar segundo, y el ejercicio fue bien y yo me imaginaba subiendo la carretera infinita y saludando a los lados y todo eso con mis pantalones de bolsillos anchos y mi camiseta de tirantes ajustada y mis deportivas y mi riñonera. Y mientras iba mordiendo yo una caña de azúcar tan larga que parecía que nunca se iba a acabar y la saboreaba y después de cada mordisco pasaba la lengua por entre los labios para coger hasta el más pequeñito punto azucarado y disfrutarlo y cerraba los ojos y luego los abría y miraba al cielo y me imaginaba la cantidad de personas bonitas que habría mirando ese cielo y la cantidad de personas que yo quiero que lo estarían mirando aunque estuvieran muy lejos. Y bajaba la mirada y respiraba profundo y fuerte. Y entonces, era feliz.