El del azul

Desde el principio de todo me ha gustado mucho el color azul. El rojo nunca dejará de ser mi preferido, pero el azul tiene algo especial. Es como lo de los lirios y las rosas, supongo. Los lirios serán siempre, siempre, siempre mis flores favoritas, pero nunca rechazaría una rosa. Imagino que también me gusta tanto porque es el color de la nostalgia, y a la nostalgia yo la quiero mucho.

El azul baila a ritmo de jazz, como todo lo que pinta. Suena a lágrimas y a despedidas. Y a pinchazos de corazón cuando se rompe un cristal, que cae al suelo, que brilla más que nunca al tocarlo, que salta en pedazos. Y si no tiene uno cuidado cuando lo recoge, puede rasgar la piel. Lo bueno, es que si le corta a uno, lo hace sin rabia, sin fuerza, a corcheas, a caricias, sintiéndolo mucho al mismo tiempo, con la cabeza baja, sin altanería, sin haber pretendido dañarle. Más tarde, si duele, las notas azules del jazz pueden embalsamar la herida, también poco a poco: con mucha dedicación y despacito acaban curándola del todo, y eso es porque son del mismo color que el cristal.



El azul ha sido, desde el principio de todo, el color del que más le gusta vestirse a la melancolía. Ya en la cuna, su faldón era celeste. Y el tinte es aún más intenso cuando se presenta con nombre de personas azules.

Porque hay algunas personas, que son azules. Son esas personas a las que siempre quiere uno llenar de besos por toda la cara y por todo el pelo.

Pero no de besos rojos.

No.

De besos azules.

Es sencillo distinguir los besos azules: cuando son cortitos y chiquitos y hacen un ruidito así como muy pequeño que dura poquito. No todo el mundo sabe dar besos azules. Para dar besos azules hay que saber mover la cabeza hacia delante rapidísimo como subiendo un poco la barbilla, y luego volverla para atrás y la barbilla para abajo y casi sin que de tiempo a pensarlo volverla a mover hacia delante y la barbilla para arriba para dar otro. Porque los besos azules nunca van solos, siempre son muchos y llegan tropezándose unos con otros de las prisas que tienen.

La parte triste, es que a las personas azules, aunque se le suban a uno unas enredaderas de ganas enormes por el estómago y lleguen a su garganta y la tapen un poquito dejando justo el espacio para seguir respirando con un hilo fino de aire y también le lleguen las ganas a los ojos y los empapen con gotitas y los dejen brillantes y preciosos de lo que brillan, aunque pasen todas esas cosas, nunca puede uno darles besos azules. Y por eso esas ganas son azules también: porque tiene uno que contenerlas y doblarlas muy bien como las sábanas de una cama muy pulcra para poder guardárselas en el bolsillo y cerrarlo.

Hay veces que los bolsillos se desbordan y las ganas suben tropezándose hasta los ojos. Y vuelven a salpicarlos de brillantitos y salen por ahí porque en el bolsillo ya no cabían. Suele pasar eso cuando la persona azul por quien vienen esas ganas está cerca muy cerca y no se ha ido al sitio donde van las personas azules, sino que sigue en frente de uno, pero a pesar de eso, no puede uno darle besos cortos por toda la cara y por todo el pelo ni abrazos azules muy hondos y entonces las ganas son todavía más y más grandes. Vaya uno a saber por qué.

Y justo por culpa de esas personas azules existen las miradas azules, que son miradas también muy cortitas y furtivas que de soslayo tratan de imprimir una fotografía en la cabeza, para poderla mirar y mirar y mirar siempre que uno quiera.

La personas azules no son como las demás personas. Tienen la piel de terciopelo y los cabellos dorados. El terciopelo de las personas azules es mágico, porque hace que uno siempre quiera acariciarlo con las yemas de los dedos. Cuando acaricia uno el terciopelo de una persona azul, sus dedos se vuelven también de terciopelo: dejan de ser de uno y se vuelven del otro. Y por eso cada vez que uno vuelve a ver a esa persona azul, tiemblan un poco, pidiendo volver con el resto, como un imán cerca de su otra parte, y si los deja uno hacer se enlazan en el cabello dorado de la persona azul y ya no hay quien los saque de allí.

Algunos días uno se levanta odiando a las personas azules porque si no fueran azules, no traerían esas ganas que tapan la garganta y suben hasta los ojos y los empapan y los hacen desbordarse como un río muy muy caudaloso que deja de caber en su cauce. Pero incluso esos días, uno se muere horrores de ganas fortísimas de dar miles de miles de besos y miles de miles de abrazos azules a esas personas.