Vamos a contar mentiras

Por mí y por todas mis compañeras.

Hay algunas cosas que son verdades para siempre. Como que el de Cadbury es el mejor chocolate del universo entero. O que ABBA le gusta a todo el mundo, que nunca debe leerse la sinopsis de un libro o verse el trailer de una película. Que hay jerseys que no abrigan mucho y abrigos que menos y que no hay nada como pasar una noche con calcetines largos y en pijama viendo un buen film. Y que eso puede ser mucho mejor que cerrar el garito de turno.

Que los bombones lo curan todo y el tiempo cierra cualquier herida. Que la tortilla, con cebolla, y sin hacer del todo, con una buena cantidad de cremosa yema que empape la lengua y llene la boca. Que las mejores lentejas del mundo son las que hago yo y los mejores brazos de gitano los de mi abuela. Que los dientes de Ronaldinho suenan a un amarillo “¿repetimos?”. Que si se levanta uno un poco triste o un poco cabreado puede forzar una sonrisa contando hasta sesenta que se queda impresa en su cara y ya nadie se va a dar cuenta. Que por mucho que avancemos en tecnología seguirá habiendo gente que escriba cartas en papel y con bolígrafo. Y a mí me seguirán gustando. Que los ebook son una porquería y que un libro no se lee del todo si no se pintarrajea y subraya y acaba entero manchado de gotas de agua o de salsa y roto por todas las cubiertas. Que los abrigos de plumas son algo espantoso pero terriblemente útil y que hay muchas otras cosas espantosas pero terriblemente útiles como el jarabe para la tos con su espeluznante y pegajosa densidad y su almibarado y petulante regustillo que sabe a palabras pedantes vestidas con ropajes gongoristas que se atolondran y atrancan al tropezarse chocando unas con otras y otras con unas y unas y otras con todas las paredes sus puntillas y sus bordados y sus detalles tan rococós y tan barrocos molestando desconsideradamente y sin miramentos a la pobre y dolorida garganta.

Y también es verdad que hay muchas mentiras que son para siempre y que por mucho que queramos cambiarlas o cerrar los ojos así muy fuerte como si las pestañas se estuvieran besando para no verlas no van a dejar de ser mentiras. Como que las palabras no pueden hacer daño y que si practica uno mucho puede conseguir que las cosas no le duelan. O que ser un embustero es fácil si es para salvar el pellejo (y que no lo hayamos sido todos alguna vez para arropar la dignidad). Que no hay gente mala y que en realidad todo el mundo tiene buen fondo, que los niños pequeños y los borrachos dicen la verdad o que no existe ya el machismo y que las feministas somos unas exageradas.

O que no tengamos las niñas que aguantar de media un par de veces por semana unas cuantas miradas obscenas y unos cuantos gritos obscenos. Metro, bus, calle, coche, moto, avión,… Qué más da por dónde vaya una, qué más da a qué hora, qué más da pantalón o falda, ropa suelta o ajustada, corto o largo, alto o plano, cubierto o tapado, rubia o morena, delgada o rolliza, escote o cuello alto, guapa o fea, sonriente o perdonavidas. Y les aseguro que yo, Holly, no soy nadie despampanante, y les digo que esto pasa y eso es una verdad como un templo. Y hablo de una niña del montón, no me imagino lo que tendrán que pasar las que sí son bellezones.

Y también es mentira que no violaran a una de mis amigas más queridas hace unos años (ah, sí, señores, he dicho violaran, ¿les incomoda? más le incomodó a ella guardárselo durante dos años por miedo a ser juzgada y a que la llamaran salida por no haber opuesto suficiente resistencia).

O que no me compré otra navaja suiza después de que me quitaran la mía en el aeropuerto de Delhi, y que no la llevo siempre en el bolso y la aprieto más fuerte los cien metros que tengo que hacer por la noche desde la salida del metro a mi casa. Y que no apago la música de mis cascos al salir de la estación para saber cuándo alguien camina cerca de mí.

Ni que con 17 años no tuviera que disfrazarme de chico y ponerme los pantalones bajados y una sudadera con la capucha tapando mi gorra y los cascos grandes (porque yo entonces usaba cascos grandes) para volver a mi casa de casa de una amiga, a las diez de la noche, pasando por un descampado, sin colgar el teléfono por si tenía que gritar.

Y también es mentira que no haya tenido que soportar escuchar la genial deducción de los amigos de un chico con el que salía hace tiempo, de que los hombres son como las llaves y las mujeres como las cerraduras y una llave que abre muchas cerraduras es una buena llave pero una cerradura que se abre con muchas llaves es una mierda de cerradura.

O que delante de mis compañeros, no tuviera un jefe que atribuyera el que yo llevara cuatro meses siendo la mejor de la plantilla, superando con creces a otros cinco hombres mayores en edad que yo, a que “yo tenía pecho y las cosas eran más fáciles para mí”. Y que no me hayan mandado callar cientos de veces por ser XX en lugar de XY. “Tú calla, mujer”

Y es mentira que las mujeres son unas salidas o unas sueltas si están con muchos tíos y los hombres unos putos amos si lo hacen. O que la ropa interior bonita se vista para pillar y no porque le guste a una. O que no haya tenido que soportar comentarios del estilo “mejor no te acerques o no hables con tíos un tiempo porque la gente habla” por gustarle a varios tíos a la vez y que a mí no me interesara ninguno y claro, que qué malas somos las mujeres y luego nos quejamos.

Y también es mentira que no me hayan prohibido hacer algo “por ser mujer” o “porque tú, Holly, mira los brazos que tienes, y lo que pesas, y las piernas que tienes, de verdad, sé un poco realista, NO PUEDES conseguirlo”

(y es mentira que no lo haya conseguido después)

O que todas las mujeres quieren casarse y sueñan con vestirse de blanco, y que no hay mujeres que solamente quieren sexo, o una buena noche, o divertirse. Y que no haya otras, y otros, que no sepamos separar eso de los sentimientos ni aún queriendo. Y es mentira que el sexo es solo para ellos y que si a una mujer le gusta debería sentirse mal.

Y es mentira que existen las películas de chicos y las películas de chicas y las cosas de chicos y las cosas de chicas y los deportes de chicos y los deportes de chicas y los colores de chicos y los colores de chicas. Y es mentira que no se preocupen más algunos de limpiarse las manos y salir del saco y no de que no nos entierren.

Y es mentira que las violaciones ocurran solo por la noche a niñas borrachas con la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta, porque también pueden ocurrir en el lecho matrimonial si el consentimiento no es dado.

Y es mentira que seamos el sexo débil y, por desgracia, también es mentira que no se nos pida demostrar que no lo somos constantemente.

Y es mentira que no nos maten, o que no nos violen, por no ser fuertes.

Y que si se aprovechan de una, es porque no tiene fuerza, o si violan a una, porque no ha puesto fuerza y si pegan a una, porque no ha hecho fuerza y si gritan e increpan a una, porque no tiene coraje y si amenazan a una, porque se deja. Pero, por encima de todo, es una terrible mentira, que si matan a una, es porque no es fuerte.

Porque, y créanme señores, si hay una gran verdad que es más verdad que todas las demás es que,

en el amor,

y en la muerte,

de nada sirve

ser fuerte.

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