El del rojo

Un cigarro arde rojo cuando arde. Arde rojo oscuro de arder, de cenizas y del pálpito que precede al grito, el dolor después del golpe, el aire taponando antes del suspiro.

Rojo veta los ojos como río de tinta después de fumar mucho. Rojas son las ganas de fumar y rojo el recuerdo del cigarrillo en los labios, suave, apacible, aparentemente sumiso. Y una calada, todo el cuerpo se llena de aire rojo, palpita de rojo oscuro, nada a braza el rojo por la garganta, muere en los pulmones pero en la mente parece que sigue bajando y llega a la cintura y la rodea y la coge por detrás con sus brazos bien firmes y sigue bajando hasta la cadera y también la rodea y luego continúa por la pierna y la navega furioso e impaciente como alguien que espera algo que no quiere oír o que no quiere ver pero lo espera porque lo ha esperado antes y lo sabe, lo sabe pero no lo quiere saber, y de pronto ve el final y lo sigue viendo y duda si dar la vuelta pero sigue y llega a la punta del dedo meñique del pie y entonces expira. Y fin. Y ya no es y no recuerda del todo que entonces fue pero sí recuerda cómo y añora esa furia y ese ímpetu y esa obcecación y entonces vuelve; primero aire fresco, aire insípido que no dice nada ni es de ningún color y es transparente y después, eso, rojo; otra calada. Y vuelta a empezar. Vestido de rojo.

Madurar es darse cuenta de que dejar la nicotina es más difícil que dejar a alguien.

Rojos son los días de mucho calor y el sol que los pinta colorados encendiendo cada piedra, cada ladrillo, cada bordillo de la acera (como si fuera la cabeza roja de un fósforo contra una caja y desprendiendo ese sonido al restregarse fuerte y decidido con ella una y otra vez adelante y atrás y adelante y atrás y adelante y atrás hasta que prende y chispa) y haciendo inservible cada prenda de ropa por muy ligera que sea y baja uno a la calle y anda un poco y a poco que ande le inundan las ganas de convertirse en un helado enorme como el de la heladería de la esquina que hace su agosto y su julio y su junio esos días para así poder derretirse y deshacerse gota a gota hasta desaparecer del mapa escondiéndose del calor rojo que quema hasta las entrañas y las hace arder hasta cenizas.

Hay también canciones rojas muy rojas que hacen saltar las lágrimas y morder los labios fortísimo hasta casi dejar libre una gotita minúscula de sangre roja oscura de tanto apretar que parece pugnaba incansable por salir y ver mundo. Son canciones de letras y melodías rojas que vibran y convulsionan el palpitar del corazón y el suspiro jadeante que hace aletear la nariz porque tiembla al respirar y también tiemblan las piernas como una buena cantidad de mermelada de frutos rojos muy oscuros en una rebanada de pan tostado. Y tragarla.

El pimentón que se le echa al pulpo a la gallega también es rojo. Para hacer un buen pulpo a la gallega han de mezclarse los dos tipos de pimentones: dulce y picante. Si no, no se está haciendo bien el pulpo a la gallega. Qué rico está. Sobre todo después de llevar muchos días que parecen años y siglos y milenios sin fumar. Cierto lo que dicen, lo de los sabores que saben más. Y está más rico todavía si se toma en Galicia. Galicia es mi playa. Galicia es yo. Que alguien me traiga mi playa. Que me traigan mi arena, mis granitos (uno y dos y mil y todos), mis olas… Las chispitas que saltan bailando enloquecidas de alegría y de fiesta cuando acarician las rocas. Algunos dicen que les gusta el olor del mar, pero no todos los mares huelen iguales. Mi mar huele a mojado y a felicidad húmeda y a risas y a magia y a noche y a sudaderas y pantalones cortos y a miradas y a codazos y a lágrimas y a bodas celtas y a dardos y a baños de madrugada en ropa interior con el escozor de tener las piernas llenas de pequeños arañazos de ortigas y todo eso con un regustillo a salado y un color rojo oscuro de pimentón dulce y pimentón picante de pulpo a la gallega así como con fuerza de remolinos y estrellas doradas y fugaces retocándose el pelo presumidas en sus espejos verdes y azules.

Y también huele a Lucky Strike. Hace mucho fumaba Lucky Strike. Luego empecé a fumar Marlboro Gold pero el olor de Lucky Strike ya se había quedado en mi playa para siempre. Eso fue hace muchos años, allá por 2009 o así. Mis amigos se metían siempre conmigo porque no decía Lucky con “u” como decía todo el mundo, yo lo decía con “a”, como en inglés, y entonces me preguntaban si también decía b-e-i-b-i-b-e-l en lugar de babybell y yo me mosqueaba un poco pero de broma porque es muy difícil que me mosquee de verdad. Eso sí que es más difícil de lograr que dejar la nicotina, imagínense.

En una canción de Mecano hablan de las drogas y de las adicciones y la letra dice que como en cualquier amor el primer mes fue el bueno.

Bien, mi primer mes bueno de amor duró diez años. Diez años, señores. Y era amor del bueno. Del que no decepciona, del que siempre vuelve, del que nunca dejas de tener ganas locas y salvajes. Y el aire rojo de Lucky Strike sigue haciendo toc toc y llamando para que me acuerde de él y no se quiere ir, el muy cretino.

Maldita sea, por qué habré dejado de fumar.